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martes, 28 de julio de 2020

Jimena y el bicho inerte

{…mucho me temo que eres positiva y tu decisión de aislarte antes de los resultados ha sido muy acertada. Mañana te volveré a escribir, con los resultados de la segunda prueba. Mucho ánimo y paciencia”.

Así se despedía de mi hace un rato mi médica de cabecera. Mantenemos una relación bastante cordial y fluida. Con mi historial médico y con esta situación amedrentando todos los recursos sanitarios que antes utilizaba, decidimos que la mensajería instantánea suplía bastante bien, la consulta presencial.

Hace unos días estuve con unos amigos pasando la tarde en casa de uno de ellos que tiene un maravilloso jardín que nos permitía mantener la distancia y disfrutar de la presencia de los demás. No nos veíamos desde febrero, teníamos muchas ganas de estar juntos, y los abrazos no se pudieron evitar, más bien no quisimos evitarlos. La tarde estuvo llena de momentos emotivos, algunos habíamos perdido a alguien de la familia, y otros lo habían pasado con un estricto aislamiento en casa. También hubo risas y muchas conversaciones pendientes que por fin encontraron su tiempo. Enseguida nos dimos cuenta de que no todos habíamos reaccionado igual al confinamiento y a las medidas a tomar. Los había que habían hecho de su casa un bunker de seguridad y nada ni nadie entraba de la calle sin antes no sufrir una desinfección meticulosa y obsesiva: fumigación y limpieza de todos los objetos o productos que vinieran de la calle, supermercado o farmacia; zapatos y ropa a la lavadora y ellos directamente a la ducha; salían desde el principio con guantes y mascarilla (respetable, muy respetable). Otros habíamos optado por mantener nuestras casas y nuestras vidas seguras, pero sin llegar a esos limites tan obsesivos: solo salir para la compra y adquisición de medicamentos cada quince días aproximadamente y mantener una buena higiene de manos y guardar escrupulosamente la distancia social. Y también hubo otros que como no ponían en riesgo a nadie (según ellos) se saltaron todas las normas y salían a dar su paseíto diario porque no aguantaban estar en casa (no voy a hacer ningún comentario).

Curiosamente uno de los obsesivos, se había infectado, aún no se explica cómo. Y otro de los que tuvo que seguir trabajando, es celador en el hospital, también se infectó. Nadie más lo habíamos pasado, pero muchos de ellos se habían hecho la prueba recientemente por diferentes motivos, incluso el día antes de nuestra pequeña reunión que creíamos bien orquestada.

Cuando regresé a casa y después de una ducha, ya en la cama, repasé como cada noche mi día. Me gusta hacerlo para poder mejorar ciertas cosas y tirarme de las orejas por otras. Había sido un buen día, pero ya era muy consciente del riesgo que habíamos corrido al reunirnos, sí, habíamos tenido cuidado con vasos y comida, habíamos mantenido una distancia bastante prudencial, pero algo me decía que no era suficiente. Escribí un mensaje a un amigo que también había estado en la reunión para contarle mis inquietudes, y no tardó ni medio segundo en llamarme exagerada, aunque me confesó que también lo había pensado.

Los días pasaron y como el sabor de boca que nos había dejado esa tarde de verano había sido tan buena, algunos propusieron repetirla. Esta vez, no fui, me pareció que abusábamos de la confianza que nos brindaban los dueños de la casa y que tentábamos a la suerte por demás. Mis padres siguen conmigo y no quiero correr riesgos innecesarios, llamarme miedica o excesiva, pero tengo que pensar en ellos también. Al igual que yo, otros reaccionaron de la misma manera. Podéis imaginar quien fue a la segunda reunión: los que ya lo habían pasado, los que se habían hecho las pruebas y habían dado negativo y los que nunca ponen en riesgo a nadie. Se lo pasaron genial a juzgar por las fotos que enviaron. Me dieron mucha envidia sana, sus cervecitas, sus risas, la barbacoa, las tumbonas, los besos, los abrazos, las confidencias, los audios mofándose de los que nos habíamos quedado en casa… mucha envidia sana, aunque mi libro y mi café no se quedaran para atrás.

Unos días después comencé a sentirme mal, lo achaqué a cualquiera de las enfermedades diagnosticadas que tengo, no quise pensarlo mucho. Escribí a mi confidente médica y me dijo que empezara a llevar un diario, con lo que comía, cuándo iba al baño y a qué, horas de sueño, y temperatura. Nada que no hubiera hecho en ocasiones anteriores. Sólo que ahora había un bicho inerte por ahí, esperando cualquier absurda oportunidad para alimentarse de vida y daba un poquito de miedo. Junto con mi diario médico del cual daba buena cuenta a mi médica, había empezado a llevar otro con las personas con las que había tenido contacto en los últimos 20 días, y me sorprendió. No habían sido tantas como imaginaba. Mis padres, aunque no había estado con ellos sin mascarilla ni en un lugar cerrado. Una vecina con la que me tomé un café en casa mientras piponeabamos del vecindario (una costumbre un poco fea, pero nos reímos muchísimo y es una gran terapia antidepresiva). Había ido a la compra al supermercado una vez. Una vez a la farmacia. La fruta, por suerte, me la traen a casa. Y la reunión con mis amigos, unas quince personas.

Al tercer día, el diario cantaba el solito la posibilidad fehaciente de estar infectada, así que mi enfermera vino a casa con su traje espacial para poder hacerme la prueba.

Y aquí estoy, pensando dónde, aunque casi lo tengo claro, y avisando de mi situación a todos los que han tenido contacto conmigo. Ya me ha llamado un rastreador para hacerme mil y una preguntas, al que pido disculpas públicamente por alguna contestación subida de tono que le he dado, y agradecerle su infinita paciencia y sus consejos.

Finales de agosto y encerrada en casa.

Os podéis imaginar la dureza emocional que ha contenido la llamada a mis padres. Y todas las advertencias que les he hecho. ¡Madre mía! Estoy tan angustiada por ellos. ¿Y si por mi culpa enferman?

Sé que a pesar de saber qué tener que hacer, porque aleccionados estamos todos, y todos sabemos cómo debemos actuar para evitar la infección. A pesar de saber, he diluido la gravedad de la situación en el veranito, el calor, el querer tocar, la he diluido a pesar de saber… y por ese momento aplazable he puesto en peligro a mi gente. No sé si sabré brear con mi conciencia, pero de momento mi sentimiento de culpabilidad es infinito…}

                                    (Extracto del diario de Jimena)

Jimena murió entubada dos meses después de estas reflexiones, sin saber que sus padres también perdieron la vida días antes que ella.

El bicho inerte aprovechó aquella reunión y se distribuyó por 63 personas de las cuales 7 murieron. Sólo fue una reunión, pero una de las personas había dado negativo días antes, se había infectado en otra mini reunión mañanera con otras personas unas horas antes.

Procurad ser prudentes. Por favor.


miércoles, 8 de julio de 2020

La segunda ola... (2)


Aquel lugar era agradable para descansar, Lía recordaba a su padre diciendo que él quería descansar en un terreno alto a la sombra de un árbol, y allí estaba. 


Los padres de Lía murieron durante la segunda ola, aún funcionaba el hospital de la ciudad, pero se negaron a acudir. 

El día que se dieron cuenta que estaban infectados se encerraron en casa. Todos los días sin excepción, subían a la terraza mientras Lía limpiaba y hacía la comida. 


Cuando ella se iba, volvían a sus sillones con las almohadas recién ahuecadas. Sobre la mesa ya dispuesta para comer, en un vaso con un poco de agua, un ramillete de flores silvestres, o de lavanda. Lía sabía que a su madre le encantaban. Junto a sus vasos la medicación que debían tomar y en la televisión su programa favorito. La televisión emitía en bucle programaciones de tiempos menos aciagos. 

Lía observaba por la ventana que acababa de cerrar antes de irse, sabía que la ventilación era esencial, que se tomaran la medicación. Mientras regresaba a casa se autoconvencía de que aquello iba a salir bien, se recuperarían y volverían a volverla loca otra vez.
 Las semanas fueron pasando y su recuperación tardaba en llegar. La fiebre había cedido, pero los ataques de tos y la sensación de ahogo seguían presentes. Lía había ido consiguiendo el tratamiento en las farmacias de los pueblos cercanos, pero sabía que ya no era suficiente. El miedo se había apoderado de su día a día, y el momento más terrorífico era cuando de camino a casa de sus padres empezaba a vislumbrar la terraza, un suspiro, cada día más sentido, acompañaba su saludo ¡buenos días!
No quería ser consciente que un día ese pequeño gesto ya no lo podría hacer.

La primera en empeorar hasta no poder caminar fue su madre, no era capaz de mantenerse en pie, así que Lía la levantaba, la duchaba, la llevaba a la entrada para que le diera un poco el sol, mientras ella aireaba la casa, la desinfectaba, y hacia la comida. A veces todas esas tareas las hacía mientras su padre la seguía por toda la casa pidiéndole, rogándole que se fuera, que ellos se las podían arreglar solos, no quería que Lía se infectase. Cuando salía de allí se daba una ducha obsesiva fuera de la casa. Habían instalado en la parte de atrás, junto al garaje, una alcachofa que también servía para regar algunas plantas aromáticas que crecían junto al murete. Lía necesitaba unos minutos para recomponerse y el agua fría en pleno febrero la ayudaba a sentirse viva. Entraba en casa con una sonrisa a veces tan forzada que más que sonrisa era una macabra mueca.


Los días pasaban, pero los abuelos no mejoraban, les costaba hasta tragar el caldo que Lía les hacía a diario, habían perdido mucho peso y la fiebre había vuelto. El día transcurría entre estados de dolorosa conciencia y dulce semiinconsciencia.



El 2 de marzo de 2021, en plena segunda ola, Lía encontraba a sus padres muertos, agarrados de la mano, cada uno en su sillón y con las mascarillas puestas. Habían sido muy conscientes que eran sus últimas horas. Sobre la mesa, un sobre con su nombre, aún en el umbral de la puerta trató de alcanzarlo con mano temblorosa, no alcanzaba ni siquiera a tocarlo, pero sus piernas se negaban a moverse. Se dejó caer y se apoyó en el quicio de la puerta; se abandonó. Lloró en silencio, hasta que los gritos, sus gritos la hicieron reaccionar.

lunes, 6 de julio de 2020

La segunda ola... (1)


Lía había sido previsora. La pandemia y el primer confinamiento le habían enseñado que era preferible tener reservas de todo en casa. Comida enlatada y no perecedera, medicamentos básicos, juegos de mesa, unas raquetas de pin-pon, productos de limpieza e higiene personal, pilas, agua envasada… Sus hijos la habían llamado alarmista, ella lo justificaba diciendo que sólo era por si volvían a confinarlos, además todo aquello eran cosas que consumían en casa habitualmente, así que si la situación no iba a peor nada se perdería.

Claro que la situación fue a peor, muchas personas tenían tantas ansias de volver a la normalidad anterior que olvidaron todo lo que habían pasado, sobre todo si ninguno de los muertos era suyo. El olvido y la sensación de falsa seguridad hicieron verdaderos estragos en la vida habitual de la gente. Las mascarillas pasaron a ser un gesto de educación social, nada más, así que muchos dejaron de ser educados. La distancia social se fue acortando a medida que el contacto social fue creciendo, la distancia desapareció. Volvieron los besos a las presentaciones, los abrazos y los apretones de manos, la exaltación de la amistad recién hecha. Los geles hidroalcohólicos pasaron a ser un producto utilizado por los absurdos hipocondríacos que fueron desapareciendo de la vida social. Todo se relajo tanto que la vida anterior a la pandemia parecía haber regresado con muchas ganas.

Lía continuo con su plan, si tenia que comprar dos botes de garbanzos metía tres en su carro, uno para su pequeño acopio. Poco a poco su despensa estaba a rebosar.
Durante el primer confinamiento ella y sus hijos habían jugado con la idea de irse a vivir al pueblo, a una casa que había en mitad de un gran bosque, escondida, pero con grandes posibilidades. Conocían a la dueña y sabían de su desesperación por venderla. Ellos no podían pagar el dinero que pedía, pero quizás quisiera alquilarla por un módico precio mensual. Esa idea nunca abandonó la mente de Lía.

Las semanas fueron pasando y las promesas de reforzar y mejorar la sanidad y preparar la educación para otros posibles escenarios similares empezaron a esconderse en el fondo de los cajones de los gobernantes. Primaba activar la economía, todos querían ganar lo mismo que antes de la primera ola. Seguramente querían ganar más. No importaban las prioridades sanitarias, aquellas que los salvaron durante la primera arremetida del virus, querían que la gente gastase, saliese, viajase y perdió importancia el cuidarse.
Los primeros en levantar la voz de alarma fueron los sanitarios, cada día llegaban más casos que prometían ser casos infectados por el virus, aunque no se hacían pruebas. Los ingresos de personas de todas las edades aumentaban a cada hora que pasaba, pero las autoridades no querían espantar al turismo, ni las inversiones de empresas extranjeras, no querían que el consumo bajase, no podían permitirse que la circulación del dinero se ralentizara de nuevo. Así que callaron, y trataron de silenciar las voces de alarma que empezaban a sonar.
Los hospitales empezaron a sufrir la escasez de camas y de medios para proteger a sus trabajadores. Algo que sin remedio se convirtió en una macabra espiral de decisiones.

Lía se había puesto en contacto con Peña, la dueña de la casa del pueblo donde vivían sus padres, y había llegado a un acuerdo con ella. Peña prefería que la casa estuviera habitada, Lía solo tenía que cubrir los gastos y estar dispuesta a marcharse si aparecía un comprador.
Cuando tuvieron las llaves en la mano, descubrieron que la casa era mucho más de lo que a simple vista se veía y tantas veces habían curioseado. Es cierto que el jardín estaba descuidado, los arboles frutales necesitaban una buena poda, la cerca de piedra que la rodeaba se había derruido en algún tramo, los postigos de las ventanas pedían a gritos una reparación, pero seguía teniendo el misterio que siempre había embrujado a Lía. El interior, los sorprendió, no se imaginaron jamás que la casa fuera tan grande, la planta principal tenía cocina-salón, dos cuartos de baño, una despensa con un gran arcón congelador que Peña les cedía gustosamente y cuatro amplias habitaciones. Todas ellas daban a un curioso patio interior que en otros tiempos fue un corral y que albergaba un pozo que suministraba agua a la casa. El antiguo sobrado lo habían convertido en un falso desván muy bohemio, forrado en madera y con parte del techo acristalado. Pero quizás lo que más les sorprendió fue que la casa tenia bodega. Una gran bodega en un estado magnífico y con una salida en la parte posterior del jardín, independiente de la casa. Un garaje para dos coches grandes, adosado a un lateral remataba la planta de la casa. Necesitaba una buena limpieza, algunas reparaciones y muebles, pero los electrodomésticos estaban, incluso un gran generador. El sistema de calefacción era radiante y dependía de una chimenea que había en una esquina del salón. Era una gran casa, alejada de la ciudad y a un minuto de la casa de los padres de Lía que se hacían mayores y muy vulnerables por momentos.
Las reparaciones y la mudanza fueron rápidas, no pretendían cerrar su casa en la ciudad, simplemente querían tener un plan alternativo si había un segundo confinamiento. La casa les brindaba muchas posibilidades, aunque no tecnológicamente, tenían teléfono fijo por cable, pero no llegaba la fibra, dependían de los datos de sus móviles, así que ampliaron sus tarifas para poder tener datos infinitos; llenaron sus discos duros de música, películas, series y documentales de todo tipo. El desván se convirtió en una pequeña biblioteca donde los libros de Lía por fin encontraron su hogar. La despensa empezó a estar llena y el arcón también. Las conservas caseras que hacía Lía encontraron su sitio en los estantes de la bodega junto con algunas botellas de vino y cerveza.

Y a medida que todo avanzaba, todo avanzaba, incluido el virus que parecía haber acelerado su proceso para propagarse. Las noticias que llegaban de otras partes del país eran desoladoras, miles de muertos, muchos de ellos en sus casas sin poder ser atendidos. Los hospitales hacían llamamientos a la ciudadanía, ya no pedían sanitarios pedían voluntarios que quisieran echar una mano, se atendía a los enfermos en los pasillos, en las entradas a los hospitales, el personal no volvía a casa, vivían en el hospital hasta que enfermaban y si aún quedaba alguien en su casa se retiraban a morir allí. Los desplazamientos estaban prohibidos entre zonas de diferente color, solo se movían las mercancías de primera necesidad, menos en las zonas negras, allí ya no entraba ni salía nada, ni nadie. El ejercito custodiaba las carreteras y malvivía en tiendas de campaña.

Lía y sus hijos, habían recogido sus últimas pertenencias de su casa en la ciudad unas semanas atrás y se habían instalado definitivamente en su pequeño gran refugio. Cultivaban un pequeño huerto, incluso habían restaurado un pequeño invernadero que los padres de Lía habían conservado por motivos más sentimentales que prácticos, que les permitiría seguir cultivando en invierno. Las conservas de Lía comenzaron a ser esenciales y dejaron de ser motivos de burla para sus hijos.

Los anuncios del gobierno del país eran desoladores. El confinamiento era total, solo se permitía salir de casa una vez a la semana para comprar productos que cubrieran las necesidades básicas y medicamentos. Si tenías síntomas de estar infectado debías ponerte en contacto con las autoridades sanitarias, ellas te facilitarían medicación. Si alguien moría en casa debías notificarlo a las autoridades, ellas se encargarían de recoger el cuerpo y cremarlo.
 Poco a poco el gobierno dejo de emitir consejos e indicaciones a la población, los cuerpos de seguridad se desperdigaron hasta desaparecer, los hospitales fueron abandonados, y las ciudades se convirtieron en campo lleno de oportunidades para los saqueadores y personas desesperadas. Los medios de comunicación fueron desapareciendo, solo emitían algunas cadenas de radio. Internet había sobrevivido de momento, pero no se sabía hasta cuándo podría aguantar. 
La segunda ola fue tan poderosa que no solo colapso el sistema sanitario, colapso la vida humana en la tierra.




Lía y sus hijos sobrevivieron a la segunda y a la tercera ola por haber jugado a tener un plan alternativo, un plan que construyeron entre risas y juegos de cartas durante el primer gran confinamiento.



martes, 9 de junio de 2020

No lo entiendo...


Quizás algún día logre entenderlo, mientras tanto voy a tratar de explicármelo a mí misma…
Llevamos unos meses un poco limitados en todos los aspectos, un puñetero virus ha puesto en jaque a la especie más destructiva del planeta.
Y a medida que ha ido pasando el tiempo me he autoconvencido de que sería un cambio social a nivel mundial que nos haría más humildes, menos destructivos, más solidarios.
Y al principio fue así, la tierra parecía agradecer el parón, la vegetación hacía suyo el territorio que siempre lo fue, los animales campaban a sus anchas, con prudencia y sorprendidos, incluso la capa de ozono se reconstruyó (un poco). Los vecinos se volvieron comunicativos y comenzaron a ser lo que siempre entendí por la palabra vecino. Se preocupaban los unos por los otros, se ayudaban, se facilitaban las cosas. La mayoría de ellos, ya sabemos que hay siempre alguien que nació humano porque en aquel momento ningún moho estaba infectado de pus, si no hubiera nacido pus, ese capaz de infectar el moho.


Incluso nos pusimos de acuerdo para olvidar nuestras diferencias sociales, políticas, raciales, religiosas… y hacer algo todos juntos, aplaudir a las ocho de la tarde (los había con ansias y empezaban a las ocho menos dos minutos, pero eso es otro cantar). Aplaudíamos a todas esas personas que se jugaban el tipo por los que nos quedábamos en casa, los que con sus trabajos y dedicación nos cuidaban y nos permitían a los demás llevar una vida confinada, pero más o menos cómoda y segura. Y aplaudíamos por nosotros, por seguir sintiéndonos parte de la comunidad.
Nos dimos cuenta de que la libertad de la que antes gozábamos sin darnos cuenta era importante y muy deseable. Nos dimos cuenta de que no echábamos de menos las cosas materiales, si no el contacto con nuestros seres queridos, poder tocarlos, besarlos, abrazarlos, la tecnología nos permitía verlos, pero no era suficiente.
Claro que aquello de echarnos una mano para ayudarnos, con el paso de las semanas, fue convirtiéndose en echarnos una mano al cuello, actitud azuzada por nuestra clase política. Por parte de esa clase política, para ser justa.
Las buenas palabras se convirtieron en descalificaciones y dedos acusadores. Los actos solidarios retomaron su color anterior, y se volvieron actos que intrínsecamente eran un rechazo a toda aquella persona que no pensara como yo, no actuara como yo y no odiara como yo. Volvíamos a ser la especie más destructiva que habitaba el planeta.
Claro que todo esto son reflexiones generalizadas, y no me gusta generalizar, aunque en ocasiones es imposible no hacerlo.
Particularmente, he vivido todo esto, con mucho escepticismo al principio, luego con una tristeza que parece haber acampado en mí, y finalmente con más miedo que vergüenza, no por el virus en sí, si no por mi condición humana.
Durante las primeras semanas, durante el confinamiento puro y duro, trataba de mantener rutinas diarias, contactar con mis amigos, mi familia, y tener acopio de paciencia que parecía que iba a necesitar. Me preocupaba que mis vecinos estuvieran bien, y no les faltara de nada, dentro de mis posibilidades. En casa teníamos ritmo de día, actividades juntos, actividades individuales, nuevos hábitos. Parecía que el nuevo engranaje forzado funcionaba.
Claro que no todo iba a ser tan fácil. Acostumbrarnos a todo esto no fue cómodo, pero no quedaba otra, y durante todo este tiempo nos acostumbramos a lo “malo” y también descubrimos nuevas costumbres “buenas”.
El “problema” vino cuando empezamos a “desescalar”, a nivel territorial y a nivel psicológico. Podíamos empezar a salir a la calle para dar pequeños paseos ¡bien! Eso significaba que nuestra libertad estaba regresando. Así que nos entró la prisa, queríamos salir, queríamos entrar, queríamos… queríamos volver a lo de antes; y aunque en nuestros fueros internos sabíamos que el virus lo había cambiado todo y que no volveríamos a lo anterior, lo queríamos.
Mis vecinos empezaron a comportarse como siempre, “buenos días” de casualidad, porque me he encontrado contigo en las escaleras. Nada de “¿cómo estás?” o “¿necesitas algo?”. Una vecina y yo, habíamos estrenado la buena costumbre de compartir ciertas partes de la compra de la frutería, ambas no llegamos a fin de mes holgadamente, por decirlo de forma delicada. La frutería que ambas frecuentamos es barata por que llevas ofertas de grandes cantidades, así que durante el confinamiento yo compartía con ella parte de mi compra y ella conmigo (así no nos veíamos obligadas a tirar nada porque se hubiera puesto malo). Ayer fui a hacer compra a la frutería, y preparé una bolsa para llevársela. Cuando se la entregué me dijo: “me voy a enfadar, no es necesario que sigamos haciendo esto”. Allí dejé la bolsa y tristemente bajé a mi casa. A partir de ahora compartiré la compra con mi conciencia.

No entiendo que es lo que ha cambiado, no entiendo porque las buenas costumbres que hemos adquirido han de esfumarse.

No entiendo, y es un simple ejemplo que podéis extrapolar a la política, a la educación, a la sanidad, a la sociedad en general; en este y en cualquier otro tiempo.

Por suerte, o por desgracia, seguiré manteniendo mis buenas costumbres siempre que no ofendan o enfaden a nadie implicado. Seguiré compartiendo lo que tengo, seguiré preguntando “¿cómo estás? ¿necesitas algo?”; seguiré ofreciéndome para echar una mano; seguiré estando ahí…

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