miércoles, 8 de julio de 2020

La segunda ola... (2)


Aquel lugar era agradable para descansar, Lía recordaba a su padre diciendo que él quería descansar en un terreno alto a la sombra de un árbol, y allí estaba. 


Los padres de Lía murieron durante la segunda ola, aún funcionaba el hospital de la ciudad, pero se negaron a acudir. 

El día que se dieron cuenta que estaban infectados se encerraron en casa. Todos los días sin excepción, subían a la terraza mientras Lía limpiaba y hacía la comida. 


Cuando ella se iba, volvían a sus sillones con las almohadas recién ahuecadas. Sobre la mesa ya dispuesta para comer, en un vaso con un poco de agua, un ramillete de flores silvestres, o de lavanda. Lía sabía que a su madre le encantaban. Junto a sus vasos la medicación que debían tomar y en la televisión su programa favorito. La televisión emitía en bucle programaciones de tiempos menos aciagos. 

Lía observaba por la ventana que acababa de cerrar antes de irse, sabía que la ventilación era esencial, que se tomaran la medicación. Mientras regresaba a casa se autoconvencía de que aquello iba a salir bien, se recuperarían y volverían a volverla loca otra vez.
 Las semanas fueron pasando y su recuperación tardaba en llegar. La fiebre había cedido, pero los ataques de tos y la sensación de ahogo seguían presentes. Lía había ido consiguiendo el tratamiento en las farmacias de los pueblos cercanos, pero sabía que ya no era suficiente. El miedo se había apoderado de su día a día, y el momento más terrorífico era cuando de camino a casa de sus padres empezaba a vislumbrar la terraza, un suspiro, cada día más sentido, acompañaba su saludo ¡buenos días!
No quería ser consciente que un día ese pequeño gesto ya no lo podría hacer.

La primera en empeorar hasta no poder caminar fue su madre, no era capaz de mantenerse en pie, así que Lía la levantaba, la duchaba, la llevaba a la entrada para que le diera un poco el sol, mientras ella aireaba la casa, la desinfectaba, y hacia la comida. A veces todas esas tareas las hacía mientras su padre la seguía por toda la casa pidiéndole, rogándole que se fuera, que ellos se las podían arreglar solos, no quería que Lía se infectase. Cuando salía de allí se daba una ducha obsesiva fuera de la casa. Habían instalado en la parte de atrás, junto al garaje, una alcachofa que también servía para regar algunas plantas aromáticas que crecían junto al murete. Lía necesitaba unos minutos para recomponerse y el agua fría en pleno febrero la ayudaba a sentirse viva. Entraba en casa con una sonrisa a veces tan forzada que más que sonrisa era una macabra mueca.


Los días pasaban, pero los abuelos no mejoraban, les costaba hasta tragar el caldo que Lía les hacía a diario, habían perdido mucho peso y la fiebre había vuelto. El día transcurría entre estados de dolorosa conciencia y dulce semiinconsciencia.



El 2 de marzo de 2021, en plena segunda ola, Lía encontraba a sus padres muertos, agarrados de la mano, cada uno en su sillón y con las mascarillas puestas. Habían sido muy conscientes que eran sus últimas horas. Sobre la mesa, un sobre con su nombre, aún en el umbral de la puerta trató de alcanzarlo con mano temblorosa, no alcanzaba ni siquiera a tocarlo, pero sus piernas se negaban a moverse. Se dejó caer y se apoyó en el quicio de la puerta; se abandonó. Lloró en silencio, hasta que los gritos, sus gritos la hicieron reaccionar.

lunes, 6 de julio de 2020

La segunda ola... (1)


Lía había sido previsora. La pandemia y el primer confinamiento le habían enseñado que era preferible tener reservas de todo en casa. Comida enlatada y no perecedera, medicamentos básicos, juegos de mesa, unas raquetas de pin-pon, productos de limpieza e higiene personal, pilas, agua envasada… Sus hijos la habían llamado alarmista, ella lo justificaba diciendo que sólo era por si volvían a confinarlos, además todo aquello eran cosas que consumían en casa habitualmente, así que si la situación no iba a peor nada se perdería.

Claro que la situación fue a peor, muchas personas tenían tantas ansias de volver a la normalidad anterior que olvidaron todo lo que habían pasado, sobre todo si ninguno de los muertos era suyo. El olvido y la sensación de falsa seguridad hicieron verdaderos estragos en la vida habitual de la gente. Las mascarillas pasaron a ser un gesto de educación social, nada más, así que muchos dejaron de ser educados. La distancia social se fue acortando a medida que el contacto social fue creciendo, la distancia desapareció. Volvieron los besos a las presentaciones, los abrazos y los apretones de manos, la exaltación de la amistad recién hecha. Los geles hidroalcohólicos pasaron a ser un producto utilizado por los absurdos hipocondríacos que fueron desapareciendo de la vida social. Todo se relajo tanto que la vida anterior a la pandemia parecía haber regresado con muchas ganas.

Lía continuo con su plan, si tenia que comprar dos botes de garbanzos metía tres en su carro, uno para su pequeño acopio. Poco a poco su despensa estaba a rebosar.
Durante el primer confinamiento ella y sus hijos habían jugado con la idea de irse a vivir al pueblo, a una casa que había en mitad de un gran bosque, escondida, pero con grandes posibilidades. Conocían a la dueña y sabían de su desesperación por venderla. Ellos no podían pagar el dinero que pedía, pero quizás quisiera alquilarla por un módico precio mensual. Esa idea nunca abandonó la mente de Lía.

Las semanas fueron pasando y las promesas de reforzar y mejorar la sanidad y preparar la educación para otros posibles escenarios similares empezaron a esconderse en el fondo de los cajones de los gobernantes. Primaba activar la economía, todos querían ganar lo mismo que antes de la primera ola. Seguramente querían ganar más. No importaban las prioridades sanitarias, aquellas que los salvaron durante la primera arremetida del virus, querían que la gente gastase, saliese, viajase y perdió importancia el cuidarse.
Los primeros en levantar la voz de alarma fueron los sanitarios, cada día llegaban más casos que prometían ser casos infectados por el virus, aunque no se hacían pruebas. Los ingresos de personas de todas las edades aumentaban a cada hora que pasaba, pero las autoridades no querían espantar al turismo, ni las inversiones de empresas extranjeras, no querían que el consumo bajase, no podían permitirse que la circulación del dinero se ralentizara de nuevo. Así que callaron, y trataron de silenciar las voces de alarma que empezaban a sonar.
Los hospitales empezaron a sufrir la escasez de camas y de medios para proteger a sus trabajadores. Algo que sin remedio se convirtió en una macabra espiral de decisiones.

Lía se había puesto en contacto con Peña, la dueña de la casa del pueblo donde vivían sus padres, y había llegado a un acuerdo con ella. Peña prefería que la casa estuviera habitada, Lía solo tenía que cubrir los gastos y estar dispuesta a marcharse si aparecía un comprador.
Cuando tuvieron las llaves en la mano, descubrieron que la casa era mucho más de lo que a simple vista se veía y tantas veces habían curioseado. Es cierto que el jardín estaba descuidado, los arboles frutales necesitaban una buena poda, la cerca de piedra que la rodeaba se había derruido en algún tramo, los postigos de las ventanas pedían a gritos una reparación, pero seguía teniendo el misterio que siempre había embrujado a Lía. El interior, los sorprendió, no se imaginaron jamás que la casa fuera tan grande, la planta principal tenía cocina-salón, dos cuartos de baño, una despensa con un gran arcón congelador que Peña les cedía gustosamente y cuatro amplias habitaciones. Todas ellas daban a un curioso patio interior que en otros tiempos fue un corral y que albergaba un pozo que suministraba agua a la casa. El antiguo sobrado lo habían convertido en un falso desván muy bohemio, forrado en madera y con parte del techo acristalado. Pero quizás lo que más les sorprendió fue que la casa tenia bodega. Una gran bodega en un estado magnífico y con una salida en la parte posterior del jardín, independiente de la casa. Un garaje para dos coches grandes, adosado a un lateral remataba la planta de la casa. Necesitaba una buena limpieza, algunas reparaciones y muebles, pero los electrodomésticos estaban, incluso un gran generador. El sistema de calefacción era radiante y dependía de una chimenea que había en una esquina del salón. Era una gran casa, alejada de la ciudad y a un minuto de la casa de los padres de Lía que se hacían mayores y muy vulnerables por momentos.
Las reparaciones y la mudanza fueron rápidas, no pretendían cerrar su casa en la ciudad, simplemente querían tener un plan alternativo si había un segundo confinamiento. La casa les brindaba muchas posibilidades, aunque no tecnológicamente, tenían teléfono fijo por cable, pero no llegaba la fibra, dependían de los datos de sus móviles, así que ampliaron sus tarifas para poder tener datos infinitos; llenaron sus discos duros de música, películas, series y documentales de todo tipo. El desván se convirtió en una pequeña biblioteca donde los libros de Lía por fin encontraron su hogar. La despensa empezó a estar llena y el arcón también. Las conservas caseras que hacía Lía encontraron su sitio en los estantes de la bodega junto con algunas botellas de vino y cerveza.

Y a medida que todo avanzaba, todo avanzaba, incluido el virus que parecía haber acelerado su proceso para propagarse. Las noticias que llegaban de otras partes del país eran desoladoras, miles de muertos, muchos de ellos en sus casas sin poder ser atendidos. Los hospitales hacían llamamientos a la ciudadanía, ya no pedían sanitarios pedían voluntarios que quisieran echar una mano, se atendía a los enfermos en los pasillos, en las entradas a los hospitales, el personal no volvía a casa, vivían en el hospital hasta que enfermaban y si aún quedaba alguien en su casa se retiraban a morir allí. Los desplazamientos estaban prohibidos entre zonas de diferente color, solo se movían las mercancías de primera necesidad, menos en las zonas negras, allí ya no entraba ni salía nada, ni nadie. El ejercito custodiaba las carreteras y malvivía en tiendas de campaña.

Lía y sus hijos, habían recogido sus últimas pertenencias de su casa en la ciudad unas semanas atrás y se habían instalado definitivamente en su pequeño gran refugio. Cultivaban un pequeño huerto, incluso habían restaurado un pequeño invernadero que los padres de Lía habían conservado por motivos más sentimentales que prácticos, que les permitiría seguir cultivando en invierno. Las conservas de Lía comenzaron a ser esenciales y dejaron de ser motivos de burla para sus hijos.

Los anuncios del gobierno del país eran desoladores. El confinamiento era total, solo se permitía salir de casa una vez a la semana para comprar productos que cubrieran las necesidades básicas y medicamentos. Si tenías síntomas de estar infectado debías ponerte en contacto con las autoridades sanitarias, ellas te facilitarían medicación. Si alguien moría en casa debías notificarlo a las autoridades, ellas se encargarían de recoger el cuerpo y cremarlo.
 Poco a poco el gobierno dejo de emitir consejos e indicaciones a la población, los cuerpos de seguridad se desperdigaron hasta desaparecer, los hospitales fueron abandonados, y las ciudades se convirtieron en campo lleno de oportunidades para los saqueadores y personas desesperadas. Los medios de comunicación fueron desapareciendo, solo emitían algunas cadenas de radio. Internet había sobrevivido de momento, pero no se sabía hasta cuándo podría aguantar. 
La segunda ola fue tan poderosa que no solo colapso el sistema sanitario, colapso la vida humana en la tierra.




Lía y sus hijos sobrevivieron a la segunda y a la tercera ola por haber jugado a tener un plan alternativo, un plan que construyeron entre risas y juegos de cartas durante el primer gran confinamiento.



lunes, 29 de junio de 2020

Nuevos tiempos...


Nuevos tiempos se avecinan. Nuevos retos, nuevos intentos de ser felices, nuevos estilos de vida, nuevos trabajos, nuevos métodos políticos, nuevos sueños, nuevas costumbres, nuevas metas, nuevas…


Parece que la naturaleza es capaz de pararnos en seco y podemos aprender de ello.




(A veces me pregunto qué más tenemos que hacerle para que nos extinga, pero eso es otra historia).


Antes, antes llenábamos nuestras casas, nuestras calles, nuestros montes, nuestros mares de basura, botellas de plástico, vertidos nauseabundos, incluso electrodomésticos desechados, móviles, colillas de cigarrillos, o simplemente el envoltorio del bocadillo que nos comíamos mientras descansábamos en mitad de la ruta que estábamos haciendo porque teníamos conciencia (casi) ecológica y nos gustaba salir a disfrutar de la naturaleza.


Ahora, ahora que somos (un poquito) conscientes de lo vulnerables que somos y que si ella (la naturaleza) quiere, nos puede aplastar en cuestión de semanas con un bichito chiquitín; que, además he de suponer, que no le ha costado mucho crear.
Ahora, ahora llenamos nuestras casas de productos mucho más respetuosos con el medio ambiente; no generamos y abandonamos nuestra basura en cualquier sitio. Ahora nos replanteamos nuestras formas de vida y cuestionamos el consumismo agresivo en el que hemos involucionado. Debatimos sobre si las necesidades que creemos reales son tan exacerbadas como para explotar todos los recursos que manejamos hasta dejarlos exhaustos. Ahora sabemos que para cuidarnos a nosotros mismos el que tenemos enfrente también tiene que cuidarse. Ahora nos preocupamos por las verdaderas necesidades, reales, no por las que hemos ido creando y haciendo de todos.

Claro que el ser humano parece estar programado para olvidar, y lo entiendo, si una madre recordara solo y exclusivamente el dolor del parto, nos abríamos extinguido hace mucho tiempo, pero las madres recordamos el momento de tender los brazos para acoger la nueva vida y repetimos. Olvidamos los malos momentos o al menos los suavizamos, y quizás tendríamos que empezar a programarnos para generar una alarma que nos recordara que, a veces, por supervivencia, hay que rememorar la crudeza, el sufrimiento, la crueldad o el dolor de los malos instantes, para seguir aprendiendo de ellos y evitar repetirlos (o al menos saber enfrentarlos de forma más eficaz si se repiten).

Me separé hace muchos años. Fue una separación dura, llena de sufrimiento y dolor por ver que la vida, la mía y la de mis hijos, no era compatible con el amor que le profesaba a la persona con la que había intentado construir una familia. Tuve que elegir entre una cosa y la otra. Acerté en la decisión, pero fue muy complicado tomarla, tanto que aún hoy por hoy, después del tiempo transcurrido, en los momentos de mayor desesperación (que los tengo) me replanteo aquella decisión y tengo que recordarme a mi misma que mi vida y la de mis hijos era (y es) más importante que el amor que sentía por aquella persona. Esa alarma, la cree yo, dentro de mi para salvarme una y otra vez de mi pasado, de aquel pasado.

Quizás el ser humano tenga que generar en la especie, una alarma que le salve de si mismo, una alarma que se vuelva atávica y nos proporcione seguridad, esa que nos permita seguir sintiéndonos pequeños y privilegiados por el simple hecho de vivir. Esa que nos muestre que las necesidades básicas son simples y tenemos (todos) el derecho a tenerlas cubiertas y la obligación de que todos las podamos cubrir. El resto de las mal llamadas necesidades que cada uno decida si realmente es necesario cubrirlas con premura o simplemente son pequeños lujos, que quizás no sean más que deseos generados artificialmente.
Estamos en ese “ahora”, tenemos (otra vez) una nueva oportunidad; nosotros decidimos, como especie, si queremos aprender y salvaguardar la vida o preferimos seguir comprando papeletas para nuestra extinción.
Un individuo rediseñando un pequeño aspecto de su vida genera un cambio, y por suerte todos tenemos ese poder, quizás sea hora de empezar.

miércoles, 24 de junio de 2020

¿Todos a una?


Debajo de las rocas de las cuevas de nuestro planeta, aún crecen humanos que creen fervientemente que son poseedores de la verdad y poder absoluto. Ellos son los auténticos conocedores de cómo deben pensar, cómo deben actuar, a quién deben amar, incluso como se deben sentir sus conciudadanos, sus vecinos, sus amigos, sus familias…
Siguen creciendo personas que si son o se sienten criticadas por su argumentario (recalcitrante, corrosivo, iracundo, retrogrado…) no dudan en enarbolar la bandera de la libertad de expresión (de la que gozan por vivir en un país democrático) y corregir a quien se atreva a dar una opinión diferente a la suya; porque siguen pensando que toda aquella persona que no piensa, siente, critica, vota o grita igual que ellas es un “enemigo” y no merece “vivir” .
Lo que realmente añoran son regímenes anteriores. Echan de menos la bota en el cuello, siempre y cuando ellos sean los poseedores de la bota.
Ahora, se hacen dueños de banderas y patriotismos, y refunfuñan por que los demás no nos identificamos con esas banderas o esos patriotismos. Aclaman símbolos utilizados en repulsivos actos de barbarie contra la misma especie y se golpean el pecho perpetuando así el símbolo que atesora que la evolución humana es real y el eslabón perdido permanece entre nosotros; aunque, no siempre, el ritmo de la progresión evolutiva llegó a todos los individuos por igual.
Muchas de estas personas que se ocultaban bajo las piedras, eran, aparentemente, demócratas, pero en su fuero interno añoran otro sistema menos permisivo sobre todo con aquello con lo que no están de acuerdo o simplemente les molesta. Antidemócratas disfrazadas de pseudo jueces poseedores de una verdad despótica que siempre esperan que el “oponente” se muestre empático con los débiles, con los marginados, con los oprimidos, con los desahuciados, con los ciudadanos… para sacar su batería de fotos y explicaciones y poder blandir su dedo acusador.

(Siempre me acuerdo de mi pediatra y luego médico de cabecera, Don Aurelio, con su cigarrillo en la boca mientras me decía, “haz lo que te diga, no lo que me veas hacer”).

Estamos a las puertas de una crisis a nivel mundial, una crisis que quizás no hallamos sufrido antes, una crisis económica, sanitaria y social. Y ahí están, saliendo de entre los peñascos, preparándose (calentando) para hacer leña de todos los arboles caídos.
Curiosamente nunca suman, siempre restan. No tienen una idea que englobe a todos, siempre empiezan con un “nosotros” que no incluye al de enfrente.
Y simplemente estoy hasta las narices de ignorar sus comentarios, sus falaces historias, sus excusas, sus malas artes, sus orgullos mal entendidos, su falta de rigor y de principios. Estoy harta de que inventen o retuerzan la realidad para que les sea propicia; estoy cansada de sus manipulaciones. Realmente creen que si repiten una mentira muchas veces se va a convertir en verdad, y es muy probable que ensucie oídos de gente de bien, pero será mentira siempre.

No soy tu enemiga por mi falta de creencias religiosas, por suerte creo en las personas.
No soy tu enemiga por mi color de piel, o por mis ojos rasgados, o por mi aspecto desaliñado.
No soy tu enemiga por expresar mi opinión o manifestarme en contra de injusticias o a favor de mejoras sociales.
No soy tu enemiga…

Las lecciones de moralidad o ética son una falacia en medio de toda esta situación convulsa. Pero algo que siempre (me) funciona; es ponerse(me) en el lugar del otro.

Si no lo quiero para mí; no es válido (para nadie).
Si no lo quiero para mis padres, mis tíos, mi abuela; no es válido (para nadie).
Si no lo quiero para mis hijos; no es válido (para nadie).
Si no lo quiero para mis amigos; no es válido (para nadie).
Si no lo quiero para mi gente; no es válido (para nadie).

Así que, si no es válido para los míos, no es válido para nadie. Y hay que mejorarlo hasta que lo sea. Creo que es muy fácil de entender; quizás un poco más complicado llevarlo a la práctica, pero no imposible. 

Quizás (y solo digo quizás) sea hora de abrir un poco la mente, no dejar que el miedo a lo desconocido o diferente bloquee la evolución.

martes, 16 de junio de 2020

Estos días, estos momentos...



Ana sale de su turno de noche, que se ha alargado casi 24 horas, exhausta, se mete en su coche y llora.
Hoy ha sido uno de los peores días de su vida, ha tenido que ver como morían dos personas entre sus brazos. No estaban solos, estaban con ella, pero ella piensa que solo es una enfermera que “pierde” un poco de su tiempo en agarrarles la mano, en tranquilizarles, en decirles que no están solos, que hay una desconocida a su lado.
Cuando su llanto se tranquiliza un poco, Ana arranca el coche, se dirige a su casa. Allí le esperan sus hijos. Cada vez que entra por la puerta se le encoge el alma, no sabe si esta vez viene acompañada por el maldito virus.
Al principio de la pandemia, les propuso bajar una cama al garaje cerrado del sótano; se enfadaron tanto con ella que no lo volvió a mencionar. No querían que su madre sufriera más de lo que ya era evidente que estaba sufriendo, y no por realizar su trabajo, si no por la dureza de la situación. Así que, ahora, cada vez que entra en su humilde casa tiene un protocolo que ya ha interiorizado. Llaves y bolso a la caja de plástico que desinfectan sus hijos cuando ella se va. Abrigo a la percha que cuelga de un clavo que han puesto en la pared para que no toque nada. Zapatos a otra caja que sufrirá la misma desinfección que la anterior. Y directa al baño, donde toda su ropa irá directamente a la lavadora. Ana se mete en la ducha y se frota casi compulsivamente el cuerpo. Cuando sale sus hijos la abrazan, son muy conscientes que sus duchas de 20 minutos son de agua, lágrimas, jabón y sollozos. Su cena está esperándola sobre la mesa, y sus hijos se sientan a tomar un tazón de leche caliente y galletas. Quieren estar con ella, contarle cómo les ha ido el día.
“Hemos hablado con los abuelos, están muy bien, te mandan muchos besos. Hicimos videollamada con los primos, están un poco cansados de estar en casa, pero han improvisado una mesa de pin-pon en el salón, la tía no sabe si quejarse o unirse a ellos…”

Ana se mete en su cama con las sábanas limpias, todos los días sus hijos las cambian, no por miedo, porque saben que uno de los pequeños placeres de los que su madre disfruta es el de las sábanas recién puestas. No ha terminado de apoyar su cabeza en la almohada y el despertador está sonando. Un café rápido, besos de buenos días y abrazos de ánimo. Su coche, el trayecto, el hospital… El “uniforme” y sus nuevos pacientes, algunos de los que dejó anoche en sus camas, hoy ya no están. A media mañana necesita parar un momento no se encuentra demasiado bien, hoy el dichoso traje de protección le esta dando más calor del habitual y le está costando respirar.
18 horas después, Ana ocupa una de las camas. Intubada, boca abajo y sola. La doctora le dejó hablar con sus hijos y explicarles lo que pasaba. Ellos ya sabían cómo tenían que actuar, ya lo habían hablado días antes, de lo que no habían hablado era de la impotencia, de la incertidumbre, de la duda de si esas serían sus ultimas palabras. La doctora había prometido llamarles todos los días.
Ana tenia miedo, por todas esas sensaciones encontradas que ahora se planteaba, no podría despedirse de sus hijos, ni ellos de ella, la próxima vez que la “vieran” sería unas cenizas en una urna, ¿cómo iban a superar esto? ¡Maldita profesión! Aunque ella sabía que había nacido para ser enfermera, más que un trabajo era vocación.
Una semana después la pasaron a planta, había superado la primera parte, ahora había que ir asimilando todo lo demás. Dos días después la mandaron a casa, allí debería estar aislada. Sus hijos ya lo habían preparado todo, también habían hablado de ello. Cuando llegó a su casa no pudo evitar derrumbarse al verlos, allí contentos de tenerla con ellos, con una sonrisa y algo demacrados.
Ana volvió al trabajo 20 días después, volvió a agarrar las manos de sus pacientes, volvió a su traje infernal, volvió a su rutina al entrar en casa, volvió a llorar, volvió…
Ella tuvo suerte, como muchos, y superó la enfermedad. Otros no corrieron la misma suerte. No estuvieron solos, estaban con ella, aunque ella solo es una enfermera que “perdió” un poco de su tiempo en agarrarles la mano, en tranquilizarles, en decirles que no estaban solos, que había una desconocida a su lado.


Imagino a Ana leyendo y corrigiendo mi relato. Cuando quiera, me sentaré con ella a escuchar toda la realidad, y toda la crudeza que he tratado de evitar.
Lo he escrito desde un profundo respeto por todas las personas que han perdido y están perdiendo la vida en esta pandemia; y con una enorme admiración por las personas que lo han superado y por sus familias.
Y por supuesto lo he escrito pensando en todas aquellas personas que olvidándose de sí mismas han cuidado de todas las demás, y han agarrado sus manos. ¡Gracias!


martes, 9 de junio de 2020

No lo entiendo...


Quizás algún día logre entenderlo, mientras tanto voy a tratar de explicármelo a mí misma…
Llevamos unos meses un poco limitados en todos los aspectos, un puñetero virus ha puesto en jaque a la especie más destructiva del planeta.
Y a medida que ha ido pasando el tiempo me he autoconvencido de que sería un cambio social a nivel mundial que nos haría más humildes, menos destructivos, más solidarios.
Y al principio fue así, la tierra parecía agradecer el parón, la vegetación hacía suyo el territorio que siempre lo fue, los animales campaban a sus anchas, con prudencia y sorprendidos, incluso la capa de ozono se reconstruyó (un poco). Los vecinos se volvieron comunicativos y comenzaron a ser lo que siempre entendí por la palabra vecino. Se preocupaban los unos por los otros, se ayudaban, se facilitaban las cosas. La mayoría de ellos, ya sabemos que hay siempre alguien que nació humano porque en aquel momento ningún moho estaba infectado de pus, si no hubiera nacido pus, ese capaz de infectar el moho.


Incluso nos pusimos de acuerdo para olvidar nuestras diferencias sociales, políticas, raciales, religiosas… y hacer algo todos juntos, aplaudir a las ocho de la tarde (los había con ansias y empezaban a las ocho menos dos minutos, pero eso es otro cantar). Aplaudíamos a todas esas personas que se jugaban el tipo por los que nos quedábamos en casa, los que con sus trabajos y dedicación nos cuidaban y nos permitían a los demás llevar una vida confinada, pero más o menos cómoda y segura. Y aplaudíamos por nosotros, por seguir sintiéndonos parte de la comunidad.
Nos dimos cuenta de que la libertad de la que antes gozábamos sin darnos cuenta era importante y muy deseable. Nos dimos cuenta de que no echábamos de menos las cosas materiales, si no el contacto con nuestros seres queridos, poder tocarlos, besarlos, abrazarlos, la tecnología nos permitía verlos, pero no era suficiente.
Claro que aquello de echarnos una mano para ayudarnos, con el paso de las semanas, fue convirtiéndose en echarnos una mano al cuello, actitud azuzada por nuestra clase política. Por parte de esa clase política, para ser justa.
Las buenas palabras se convirtieron en descalificaciones y dedos acusadores. Los actos solidarios retomaron su color anterior, y se volvieron actos que intrínsecamente eran un rechazo a toda aquella persona que no pensara como yo, no actuara como yo y no odiara como yo. Volvíamos a ser la especie más destructiva que habitaba el planeta.
Claro que todo esto son reflexiones generalizadas, y no me gusta generalizar, aunque en ocasiones es imposible no hacerlo.
Particularmente, he vivido todo esto, con mucho escepticismo al principio, luego con una tristeza que parece haber acampado en mí, y finalmente con más miedo que vergüenza, no por el virus en sí, si no por mi condición humana.
Durante las primeras semanas, durante el confinamiento puro y duro, trataba de mantener rutinas diarias, contactar con mis amigos, mi familia, y tener acopio de paciencia que parecía que iba a necesitar. Me preocupaba que mis vecinos estuvieran bien, y no les faltara de nada, dentro de mis posibilidades. En casa teníamos ritmo de día, actividades juntos, actividades individuales, nuevos hábitos. Parecía que el nuevo engranaje forzado funcionaba.
Claro que no todo iba a ser tan fácil. Acostumbrarnos a todo esto no fue cómodo, pero no quedaba otra, y durante todo este tiempo nos acostumbramos a lo “malo” y también descubrimos nuevas costumbres “buenas”.
El “problema” vino cuando empezamos a “desescalar”, a nivel territorial y a nivel psicológico. Podíamos empezar a salir a la calle para dar pequeños paseos ¡bien! Eso significaba que nuestra libertad estaba regresando. Así que nos entró la prisa, queríamos salir, queríamos entrar, queríamos… queríamos volver a lo de antes; y aunque en nuestros fueros internos sabíamos que el virus lo había cambiado todo y que no volveríamos a lo anterior, lo queríamos.
Mis vecinos empezaron a comportarse como siempre, “buenos días” de casualidad, porque me he encontrado contigo en las escaleras. Nada de “¿cómo estás?” o “¿necesitas algo?”. Una vecina y yo, habíamos estrenado la buena costumbre de compartir ciertas partes de la compra de la frutería, ambas no llegamos a fin de mes holgadamente, por decirlo de forma delicada. La frutería que ambas frecuentamos es barata por que llevas ofertas de grandes cantidades, así que durante el confinamiento yo compartía con ella parte de mi compra y ella conmigo (así no nos veíamos obligadas a tirar nada porque se hubiera puesto malo). Ayer fui a hacer compra a la frutería, y preparé una bolsa para llevársela. Cuando se la entregué me dijo: “me voy a enfadar, no es necesario que sigamos haciendo esto”. Allí dejé la bolsa y tristemente bajé a mi casa. A partir de ahora compartiré la compra con mi conciencia.

No entiendo que es lo que ha cambiado, no entiendo porque las buenas costumbres que hemos adquirido han de esfumarse.

No entiendo, y es un simple ejemplo que podéis extrapolar a la política, a la educación, a la sanidad, a la sociedad en general; en este y en cualquier otro tiempo.

Por suerte, o por desgracia, seguiré manteniendo mis buenas costumbres siempre que no ofendan o enfaden a nadie implicado. Seguiré compartiendo lo que tengo, seguiré preguntando “¿cómo estás? ¿necesitas algo?”; seguiré ofreciéndome para echar una mano; seguiré estando ahí…

martes, 3 de marzo de 2020

Piénsalo, ¿quieres?


La mañana se levantó anodina. Sin ganas de dejar huella en su irresuelta vida, Lía salió a la calle, sin rumbo conocido. Las prisas no eran suyas, la gente corría de acá para allá sin inmutarse por su presencia, ¿por qué lo iban a hacer?, solo era una mujer deambulando por las calles del barrio revivido a golpe de brocha.
Otras veces había descubierto algún mural nuevo, pero hoy no iba a ser ese día. Caminaba ensimismada en sus pensamientos sin mirar a quien se cruzaba en su paseo. Tras la esquina, sin previo aviso, chocó con el cochecito de un bebé, se disculpó dos veces antes de levantar la mirada, casi asegurándose de que la criatura seguía plácidamente dormida. La cara de reprobación que se iba a encontrar al mirar a la persona que iba detrás del bebé le daba un poco igual.
-Lo siento, lo siento; discúlpame.-dijo mientras elevaba la mirada-¡Vaya! ¡Hola!- dijo sorprendidísima.
Jamás pensó que se la podría encontrar en ese barrio, a ella; a la inquebrantable; a la fría; a la imperturbable; a la enigmática; a la inmutable; a la…; a ella, Gadea.
Nunca se llevaron mal, aunque nunca se dieron la oportunidad de llevarse bien. Cada una de ellas ocupaba su lugar, en ocasiones Lía ocupaba más y en otras ocupaba menos. La vida las obligó a cruzarse y verse inmersas en  una relación complicada con un amigo común, Enzo. Ambas sabían que él no fomentaba el enfrentamiento, es más le hubiera encantado que hubieran tenido una relación más cordial y menos educada; pero no se puede tener todo. Gadea dejó que su relación con Enzo evolucionara, en cuanto Lía dejó de molestar.

-¡Hola Lía! ¡Cuánto tiempo! ¿Qué tal estas?- logró decir Gadea mientras trataba de disimular la sorpresa e incomodidad del encuentro.
-Todo bien, como siempre. ¿Y vosotros?
-Bien, liados con la vida, ya sabes. –Dijo señalando el capazo- Hace mucho tiempo que no nos veíamos, hace mucho tiempo que no ves a Enzo… -afirmó sin la menor duda y sabiendo que había entrado en terreno movedizo- En ocasiones hablamos de ti, últimamente, él habla mucho de ti; creo que te echa de menos…-la duda iba haciendo mella en ella a medida que las palabras se le escapaban de la boca y lograba calibrar sus consecuencias- Quizás podrías acercarte un día a verlo, seguro que se alegraría de tu visita…
-Gracias Gadea, ya veremos… Me alegro de haberte visto, da besos…- casi susurró Lía mientras sus piernas luchaban por seguir sujetando su cuerpo.
-Yo también me alegro, piénsalo, ¿quieres?, adiós- Se despidió Gadea que también deseaba acabar con aquel fortuito encuentro que quizás se le había ido de las manos.

Lía siguió caminando, esta vez con un poquito más de brío, quería alejarse de allí, con la vana esperanza de huir también de todos los recuerdos que se agolpaban por salir de ese lugar donde en el momento que decidió dejar de molestar los había guardado entre tules y algodón…


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